25/11/2021
Usos Sociales del Lenguaje
Valeria
Sánchez Solis 1 “D”
Universidad Autónoma de Tlaxcala
La
Pandemia y la sombra de la enfermedad pasada.
Desde que se instauró la cuarentena a nivel mundial
debido a la Pandemia en Marzo del 2020 mi familia se tomó muy enserio la
pandemia. Era una opinión muy poco popular, sobre todo aquí en Tlaxcala. Pero
la verdadera razón por la que mi familia en particular temía esta pandemia no
era -irónicamente- por mi hermana y por mí. Todo lo contrario, mis padres eran
los más indefensos ante esta la enfermedad.
Mi padre viaja mucho por trabajo, no trata
directamente con las personas pero sin duda su riesgo de contagiarse era mayor
al de la media. Mi padre es el único sustento de mi familia. Por donde se viera
él no podía enfermarse, porque hacerlo no solo pondría en riesgo su vida, sino
el del resto de la familia.
Mi madre, por otro lado, siempre ha tenido problemas
de salud, aún peor, su salud respecto a su sistema inmunológico. Tenía más
probabilidades de contagiarse, más probabilidades de tener secuelas si se
enfermera, y más probabilidades de morir. Todo eso nos hizo darnos a la tarea
de ser precavidos incluso a costa de que los demás lo consideraran innecesario.
Se implementaron las medidas desde el
inicio y se limitaron las salidas y las entradas. Mi hermana mayor era
mayormente quién se arriesgaba para salir por las compras aunque mi madre pocas
veces dejaba que fuese sola.
Con el paso del tiempo yo había aprendido a
disfrutar de la calma de mi soledad, veía a mis amigos muy ocasionalmente y el
aislamiento no provocó en mi lo que en la mayoría de los chicos de mi edad. Sobre
todo, retomé el hábito de la pintura, algo que había dejado morir desde hacía
varios años.
Por un momento, todo fue bien en nuestro hogar, pero
siempre presentí que en algún punto nos volveríamos parte de las estadísticas.
No pasó mucho. Mi madre recibió una oferta de trabajo a la que asistió apenas unas
horas, pero el exceso de confianza nos hizo pensar que quizás y solo quizás, no
pasaría lo obvio.
Pasó, muy rápido. Mi madre llevaba cinco días teniendo
sutiles malestares de gripe y el día en que la llevamos al doctor para que le
diagnosticaran COVID 19, mi hermana y yo comenzamos a desarrollar síntomas. El
día siguiente fue mi cumpleaños.
Fue muy triste, no por mí, sino porque mi padre no
se tomó bien la noticia cuando ella se lo dijo por teléfono. Su primer impulso
fue venir corriendo a casa. Unos lo llamaron impulso otros, estupidez; La realidad
es que mi padre cargaba con el miedo de que mi madre muriera desde hace más de
doce años cuando la diagnosticaron con esclerodermia.
“Lo que no te mata…” (Friedrich
Nietzsche (1844 - 1900))
Mi madre siempre había tenido altibajos en respuesta
a su estado de salud tan delicado, pero conseguía mantenerse a flote y hacer
trabajos pesados incluso cuando su condición se lo negara. Su doctor una vez le
dijo, cuando la dio de alta de urgencias médicas, que ella era como una
muñequita de cristal. Estaría bien siempre y cuando se mantuviera al margen del
trabajo y el cansancio.
Al final, lo convenció de que se quedara trabajando,
porque alguien tendría que hacer llegar dinero al hogar. Por supuesto, también
tuvimos que contarle al resto de nuestra familia que nos estaba pasando, sobre
todo porque todos estaban esperando llegar a nuestra casa para darme las
felicitaciones, entonces fue difícil evadir el tema.
Se asustaron mucho. Era bastante irónico y -de una
forma retorcida- bastante divertido el hecho de que no creyeran en que
existiera un virus pero en el momento en que les dimos la noticia su primer
impulso fue temer.
Pasó un mes entero. Pero los primeros días fueron
aún más difíciles. Sobre todo porque me recordaban a los tiempos donde mi madre
regresó con el diagnostico de esclerodermia a casa.
Yo era demasiado pequeña para entenderlo, pero mi
hermana mayor si lo entendió bien. La recuerdo llorando, mucho, con el pánico
constante de que mi madre falleciera, aún peor porque no era muy esperanzador
su futuro. Incluso sin morir, mi madre ya no podría hacer las tareas mínimas ni
valerse por sí misma. Eso desanimo mucho a la familia y mi hermana fue quien
vivió este proceso con mi madre y quién cuidó de mí en su ausencia. Yo no vi
sus constantes decaídas, pocas veces era testigo de sus ataques de ansiedad y
aún menos de sus pánicos nocturnos y su repentina agorafobia .Fueron días
difíciles en los que rara vez salía de su cuarto y mi hermana se ocupó de cosas
que no le correspondían en ese momento.
Solo recuerdo de forma nítida, entre las salidas y
entradas al hospital, la imagen mental de mi madre saludándonos por el pasillo
del seguro en bata, con el suero en una mano y un rostro demacrado.
La realidad es que no sé hasta qué punto mi madre
pensó que era suficiente y empezó a levantarse de a poco. Recuperó su energía y
vitalidad y aunque aún sigue enferma, sin duda su caso se volvió el uno en un
millón. Se recuperó y tiene más movilidad de lo que se esperaba.
Ese era el punto. La pandemia para muchos era algo
sin duda bastante difícil de sobrellevar, y no hago menos sus experiencias,
pero nuestro contexto era mucho más pesado a la sombra de algo que ya habíamos
vivido y se estaba repitiendo como un bucle.
Y como en ese entonces, tuvimos que revivir esa
experiencia de forma demasiado similar para mi gusto. La rutina no fue fácil.
Mi hermana, madre y yo no nos levantamos las
primeras dos semanas. El dolor era constante, el cuerpo se sentía pesado y mi
madre luchaba con sus ataques de ansiedad que le generaba el estrés de estar
enferma. Nos levantábamos, comíamos lo que podíamos y nos arrojábamos en la
sala el resto del día. Dormir apaciguaba un poco el dolor.
Por desgracia no podíamos descuidar a nuestros
animales. Cuatro perros y tres gatos tenían que ser atendidos y alimentados
todos los días, lo cual generaba un malestar extra.
Lo único bueno fue que mis tías se acercaban a
darnos comida, agua, lo que hiciera falta. Tocaban la puerta y dejaban la olla
caliente frente a ella. Luego repetíamos el mismo patrón para poder sobrevivir.
Mi madre, sin embargo, tuvo que volver a su doctor
particular. Aquel que la atendió cuando ella estaba en pleno tratamiento en el
seguro social.
Recurrir a esos métodos no estaba en nuestros planes
porque obviamente fueron medidas un poco más drásticas. Pero pese al
agotamiento, al aire depresivo y el ambiente triste que había en casa no hubo
tantos problemas. Fue casi como una pequeña tormenta que nos asustaba más de lo
que podía mojarnos.
Todo fue funcional. Mi madre no tuvo ningún problema
respiratorio lo que pronosticaba que se mejoraría pronto, pues habíamos
escuchado historias de terror de otras personas que habían necesitado de
oxígeno para poder respirar. Eso no paso con ella. Fue la última en recuperarse
pero se recuperó.
Y si, tanto fue el avance que antes de que mi padre
llegara ya estábamos todas de pie, aunque aún no podíamos salir porque debíamos
dejar morir el virus para no contagiar a nadie más. Aun así, tuvimos que darnos
ánimo para desinfectar cada espacio de la casa. Desde pisos y cortinas, a ropa
personal e incluso los muebles de la casa. No importaba, todo tenía que
desaparecer porque mi padre era primordial para nuestra supervivencia, así que
debíamos mantenerlo completamente sano.
Llegó a casa como si nada. Aún lo hace. Aún no se ha
enfermado.
Quien tenía más facilidades para contraer el virus
era él, pero eso nunca pasó. Mi madre al final tomó otro tratamiento para sus
pulmones puesto estos quedaron dañados luego de este suplicio. También se
recuperó con éxito de ello.
Tuvimos mucho cuidado desde el principio y sin
embargo, tuvimos suficiente mala suerte para meternos en, justo, lo que
queríamos evitar.
Esto me permitió reflexionar nuevamente en cuan
afortunados somos en medio de nuestra mala suerte. Todo empezando desde hace
más de 12 años atrás. Siempre me molesto que la gente a mi alrededor dijeran lo
afortunada que era mi familia por el hecho de que mi madre aún seguía viva.
Pero como explicas que no quieres vidas mediocres. Quieres salud y movilidad en
ti mismo y en quienes amas, porque algo menos que eso significa vidas a medias.
Hemos tenido mitad de vida, entonces. Al mismo
tiempo les daba la razón. Claro que era egoísta querer mantener a mi madre a mi
lado, aunque eso significara que ella sufra. Quizás me hubiese sentido culpable
por esto, si es que mi madre no tuviese la disposición de no morir por su
cuenta, aunque eso significara sufrir un poco más.
Está bien, ahora lo asimilo. Ella encontraría la
forma de levantarse, siempre la encuentra. Aunque nos arrastre con ella. Lo he
entendido desde que empezó a tener uso de razón de lo que significaba una
enfermedad de esta magnitud. Lo hace solo un poco más fácil, apenas.
Pero el miedo aún persiste. La pandemia no se sintió
igual después de eso. El doctor dijo que habíamos creado defensas pero eso no
quiere decir que estábamos fuera de peligro. Eso es lo que nos asusta.
No por mí, nuevamente, pero mi madre se ha recuperado
una vez, no es posible exponerla una segunda vez. Sin mencionar el fatídico
hecho de que la vacuna no era una opción en su momento. Eso quiere decir que
aún sigue expuesta y la vacuna pudo haber tenido una consecuencia aún mayor.
El problema con situaciones como esta no es por el
COVID, realmente ni ningún otro virus
que podamos contraer, solo es la sombra de la enfermedad que sigue firme en no
irse nunca. La mentalización de que era una enfermedad crónica la teníamos
desde mucho antes pero, sin duda, nunca previmos un escenario como este. Aún no
lo hacemos.
Y si, efectivamente. No hay final feliz en esto. Y
el día que lo haya no será feliz.
“Hoy es siempre todavía” (Antonio
Machado (1875 - 1939) Tomado del libro de Antonio Machado: Poesías completas.)
Referencias
-Garza-Rodríguez,
Verónica, & Villarreal-Alarcón, Miguel Ángel, & Ocampo-Candiani, Jorge
(2013). Etiopatogenia y tratamiento de la esclerodermia. Conceptos actuales.
Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social, 51(1) ,50-57. [Fecha
de Consulta 25 de Noviembre de 2021]. ISSN: 0443-5117. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=457745487007
-Carrión
O. R. & Bustamante G. (2008) Ataques
de pánico y trastornos de fobia y ansiedad. Galerna.